Mostrando entradas con la etiqueta ensayos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ensayos. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de febrero de 2012

OSIRIS

Los primeros adoradores de Osiris, parece que fueron los habitantes de Busiris, la capital del nomo IX del Bajo Egipto, donde suplantó muy pronto al dios local Andjti. La ciudad era conocida con el nombre de su templo principal, Pi-Usir ("La mansión de Osiris"). Durante las fiestas del jubileo, los oficiantes erigían la columna en memoria del triste destino de Osiris, de su muerte trágica y de su reencarnación en su hijo Horus, el nuevo rey.
Parece ser que Osiris fue considerado en tiempos muy antiguos como un rey difunto y divinizado que vivió antes de que Heliópolis alcanzara la supremacía política. El carácter de dios de la vegetación lo tomó de los atributos del dios Andjti después de haberle suplantado en su nomo. La tradición religiosa le atribuía la unificación de Egipto y se le representaba llevando un tocado que reunía las dos plumas de Andjti, uno de los dioses del bajo Egipto, y la corona blanca que ceñían los reyes del Alto Egipto. Además todo lo que se sabe de la familia de Osiris parece confirmar su carácter real. La rivalidad que le opuso a su hermano Seth, el poderoso monarca de Ombos en el Alto Egipto, ha sido interpretada como el recuerdo de las guerras que concluyeron con la unificación del país, o quizás como una alusión a los antagonismos que suscitó la introducción del culto de Seth en el Delta Oriental.
Esta hipótesis moderna, que cree poder reconocer en Osiris a un rey divinizado por sus partidarios encuentra cierto apoyo en la doctrina de los sacerdotes el Imperio Antiguo para quienes el dios era ante todo el rey y el juez de los muertos. Pero a esta concepción se yuxtapone, ya en el Imperio Antiguo, aquella de un dios de la tierra: Osiris era considerado como una hipóstasis local de su padre Geb, el dios de la tierra por excelencia. Otras veces Osiris aparece como el dios de la inundación anual, o el dios de la vegetación, y ante todo el soberano de las necrópolis y del mundo inferior. Su popularidad creciente desdibuja sus hipotéticos rasgos primitivos de monarca de los vivos y, al mismo tiempo, acaba imponiéndolo como un rey victorioso en los principales centros religiosos de Egipto.

Heliópolis acogió a Osiris y a sus hermanos, formando parte de la Enéada, la familia divina que descendía de Atum-Re, el Demiurgo local. Esto supuso poner a prueba la retórica de los sacerdotes del templo de Re, porque Osiris no tenía hasta entonces ninguna de las características de un dios cósmico. Los Textos de las Pirámides, de inspiración solar, están llenos de contradicciones cuando se refieren a Osiris, tratándole a veces con el respeto debido al rey del mundo de los muertos, y otras con la irritación que merece un advenedizo.
Finalmente se halló el modo de hacer convivir en el cielo a Re y a Osiris, identificando a éste último con Orión, el príncipe de las constelaciones, y su triunfo fue tan completo que ciertos pasajes de los Textos de las Pirámides le atribuyen incluso la soberanía de los caminos del cielo y la posesión de las barcas solares.
Este aspecto solar de Osiris es artificial y parece debido a consideraciones de oportunismo político. También se asimila a Osiris con la luna desde tiempos antiguos. A partir del Imperio Nuevo los documentos son más fáciles de interpretar y parecen atribuir la naturaleza lunar de Osiris a la semejanza que presentan los destinos del dios y del astro: los "sufrimientos" del rey asesinado hacen pensar en aquellos de la luna, es decir, en sus fases y eclipses, cuando decrece y desaparece, para renacer en el período de la luna llena, a semejanza de Osiris. El mito sufre al mismo tiempo la influencia del relato de las tribulaciones del ojo de Horus, porque los egipcios confundían frecuentemente los dos ojos del halcón celeste, el sol y la luna. Para explicar los cambios de aspecto de la luna se decía que Seth, el príncipe de las tinieblas, se transformaba en un cerdo negro, por ejemplo, y se tragaba la luna que contenía el alma de Osiris. Plutarco más tarde también se referirá en sus textos al destino lunar de Osiris
Durante el Imperio Antiguo muchas otras ciudades acogieron el culto a Osiris. Según la leyenda, cuando Isis y Neftis retiraron del agua el cadáver de Osiris le dieron sepultura en Menfis. Los menfitas confundieron la tumba de Osiris con la de Ptah-Sokaris y la introducción del dios en el panteón de la capital del Imperio Antiguo contribuyó a acentuar los elementos de la leyenda que presentaban a Osiris como a un rey terrestre. Fue en Menfis donde Geb puso término a las luchas entre Seth y Horus, confiando a éste último el gobierno del todo el país. El Fayum y Heracleópolis veneraron a Osiris como al "soberano de la tierra del lago". Cuenta la leyenda que Seth había dispersado los miembros de Osiris a través de los nomos de Egipto y que todos los miembros fueron de nuevo reunidos en el lago del Fayum. La reconstitución de los miembros del difunto parece simbolizar la reunión de todos los nomos para formar una nueva nación. Según el capítulo 175 del Libro de los Muertos, Osiris Naref fue adorado en Heracleópolis y ocupó el trono de Re y que todos los dioses le rindieron homenaje, incluso su enemigo Seth.
Abidos era ya al principio de la historia el principal centro funerario del país. Los reyes de las dos primeras dinastías tinitas recibían sepultura en Abidos, que era el cementerio de la capital, Tinis, donde se suponía estaba la tumba de Osiris. El primer patrono de la necrópolis fue el chacal Khentimentiu, que a partir del Imperio Antiguo no pudo resistir a la expansión de la doctrina osiríaca; los dos dioses eran ya confundidos durante la dinastía V, luego Khentimentiu perdió su personalidad y su nombre, convirtiéndose en un epíteto que se solía añadir a los nombres de Osiris y Anubis, el chacal patrono de los momificadores.
Cuando se propagó en Abidos, la doctrina Osiríaca ya había sufrido la influencia de la religión heliopolitana, cuyo dios principal, Re, era en aquellos tiempos (2.500 a.C.) el señor del mundo de los muertos en las necrópolis reales de Gizah y Saqqarah. Con la confusión política y religiosa que separa el Imperio Antiguo del Medio, los reyes de Heracleópolis siguieron fieles a la doctrina solar, mientras que sus rivales de la dinastía XI debieron favorecer los cultos del Alto Egipto y la doctrina Osiríaca. La victoria de los tebanos sobre los heracleopolitanos consagró el triunfo de Osiris; Abidos se convirtió entonces en el más importante santuario del dios en Egipto y en el principal centro de peregrinación, eclipsando incluso a Busiris, la patria de Osiris en el Delta. Todos deseaban ser enterrados en Abidos, o al menos un cenotafio.
A partir del Imperio Medio Osiris es el dios principal de Abidos y su Eneáda la formaban los principales dioses de Egipto.Todos lo veneraban y le erigían templos, incluso las antiguas capitales dinásticas, como Tinis-Abidos, Heliópolis, Heracleópolis y Menfis. Su popularidad y la propagación de su culto se debió principalmente a la devoción de los humildes, sobre todo campesinos. El destino de los otros dioses estaba sometido a las vicisitudes políticas, sus cultos y riquezas dependían de la prosperidad de las dinastías y de las ciudades que se colocaban bajo su protección. La actitud de los fieles era diferente cuando se trataba de Osiris, porque este dios encarnaba una idea que fue muy popular en Egipto como en otros pueblos: Osiris era el buen rey que defendía a los oprimidos y que fue, él mismo, víctima de un enemigo que despreciaba la justicia.
La doctrina osiríaca concilió las atribuciones de un monarca con el ejercicio de la justicia y atribuyó a Osiris la tarea de presidir el tribunal divino que juzga a los muertos. Poco a poco se había llegado a pensar que el destino de los hombres en el otro mundo no dependía de su posición social durante la vida terrestre, sino de sus cualidades morales. Esta idea es hoy muy natural, pero en aquellos tiempos era muy original. Los faraones continuaron refiriéndose en sus tumbas a la religión tradicional, que les garantizaba un puesto en la barca de Re y la unión eterna con el disco solar, mientras que sus súbditos buscaron la salvación en la doctrina de Osiris que les prometía ser acogidos favorablemente en el mundo de los muertos.
De acuerdo con una creencia muy antigua pero cuyas representaciones sólo son corrientes a partir del Imperio Nuevo, el alma, o más concretamente el Ba, debía someterse a un juicio divino cuando atravesaba la puerta del otro mundo. Este juicio sirvió de argumento a una escena pintoresca que los artistas egipcios reprodujeron innumerables veces en la viñeta que ilustra el capítulo 125 del Libro de los Muertos. Pesar el alma era en realidad pesar el corazón del difunto, que era la sede de la inteligencia y de la conciencia. Osiris presidía este tribunal, sentado en un trono cubierto con un dosel.
Juicio de Osiris: el peso del alma del difunto
Isis y Neftis estaban a su lado, y un poco más apartados los 42 dioses asesores que parecen representar a los nomos egipcios. Anubis entraba en la sala y conducía la difunto tomado de la mano frente a sus jueces y junto a la balanza en que se pesaban las acciones. El mismo Anubis se encargaba de efectuar la pesada colocando el corazón en un platillo y una estatuilla de Maat, la diosa de la Verdad y de la Justicia, en el otro. Thot, el dios escribano, observaba el fiel de la balanza y registraba en un papiro el resulta. Mientras tanto, el muerto se dirigía a sus jueces y pronunciaba la doble "confesión negativa". Al pie de la balanza se hallaba "la Devoradora", un animal monstruoso con cabeza de cocodrilo, parte delantera del cuerpo de un león, y parte trasera de hipopótamo. El monstruo dirigía la mirada hacia Osiris y hacia Thot esperando impaciente el veredicto, dispuesto a arrojarse sobre el difunto si la sentencia era de culpabilidad. En el caso contrario, se le declaraba "justo de voz" (honesto en su discurso), podía reunirse con los "grandes dioses" de la necrópolis y era admitido en el reino de Osiris.
La popularidad creciente del culto a Osiris le convirtió en una divinidad dotada de competencias muy diversas. Así se explican las interpretaciones aparentemente contradictorias que se han formulado acerca de su personalidad primitiva. Los campesinos debieron relacionar los diferentes episodios de su leyenda con los ciclos de la naturaleza, con los campos marchitos después de la cosecha y misteriosamente cubiertos por el manto de la inundación, y con el reverdecer de la vegetación cuando las aguas se retiraban. Cuando las plantas se ajaban y morían, se decía que Osiris había muerto, pero no totalmente, pues algo de vida se conservaba bajo tierra, que brotaba cada año cuando llegaba su tiempo y demostraba así que Osiris estaba aún vivo. Osiris era la garantía de la fecundidad de los campos sembrados de grano. Existen muchísimos testimonios que parecen dar la razón a quienes piensan que Osiris fue ante todo un dios de la tierra y de la vegetación, su carácter de soberano terrestre o de los muertos sería secundario, y la leyenda de su muerte sería la explicación mitológica de la incomprensible muerte anual de las plantas. El dios de la vegetación lo era también de la inundación, el agua nueva que surgía de las profundidades del Nun para fertilizar los campos.
En la Baja Epoca existía en la isla de Bigeh un santuario que se decía era la tumba de Osiris. Su nombre era el Abatón, "el inaccesible", porque estaba prohibido aproximarse y turbar el reposo del dios. Las listas de las reliquias de los templos greco-romanos dicen que en Bigeh se hallaba enterrada únicamente la pierna izquierda del dios y que en esta pierna estaba situada una fuente por la cual las aguas brotaban a torrentes. En los últimos tiempos del paganismo, Osiris era ante todo el dios adorado en el Abatón, y su esposa Isis la soberana de la vecina isla de Filé. Osiris tenía el aspecto de Hapi, el dios de la inundación, y habitaba en una caverna protegida por una serpiente. A la entrada se alzaba un árbol, símbolo quizás del árbol que le sirvió de ataúd en Biblos. Cerca de la tumba se extendía una arboleda en cuyas ramas se posaba el alma de Osiris cuando salía al aire libre y revoloteaba con el aspecto de un pájaro dotado de cabeza humana. Cada diez días, Isis salía de su santuario en la isla de Filé y visitaba la tumba de su esposo en el Abatón.
La fama de Osiris alcanzó su punto culminante en tiempos de los emperadores romanos, cuando la religión egipcia estaba a punto de extinguirse. Antes de extinguirse, el culto de Osiris y de su familia, Isis y Harpócrates, se extendió por todo el Imperio, encontrando en todas partes un fervor tan ardiente como efímero. El triunfo se debió a la sencillez y a la humanidad del mito, de un cuento cuya intriga se puede comprender fácilmente. Se trata de la historia de un buen rey que murió asesinado, que resucitó gracias al amor y a la magia de su esposa, fue vengado por su hijo y es, en el otro mundo, garantía de inmortalidad para aquellos que la merecen. Su popularidad convirtió muy pronto al osirianismo en una fuerza moral, en una regla de conducta que se basaba en el amor y en la justicia. Solo más tarde, durante el Imperio Nuevo, aparecieron otras formas de religiosidad que respondían a las mismas aspiraciones, la llamada "religión del pobre" que es la expresión de la piedad personal de los desfavorecidos, e incluso, en cierto modo, el atonismo que tanto debió a la personalidad excepcional de un faraón, pero que se inspiró parcialmente en los mismos sentimientos.
Osiris, Horus e Isis

La procedencia de la leyenda de Osiris es un tema complicado. Los habitantes de Busiris se la contaban probablemente los unos a los otros muchos siglos antes de que existiera la escritura y no hay nada que demuestre que en los tiempos prehistóricos su contenido no fuera idéntico al que nos revelan los Textos de las Pirámides del Imperio Antiguo. En estos Textos se reconocen ya los elementos esenciales de la leyenda, pero los episodios que la componen se enriquecieron y se complicaron progresivamente de acuerdo con la fantasía del narrador o el talento del escriba. Los textos específicamente religiosos, es decir los libros funerarios o los himnos que se entonaban en los templos, tienen poco que ver con los cuentos que se conocen. Otras obras literarias anteriores y posteriores mencionan diferentes episodios del cuento, lo que demuestra que el pueblo egipcio escuchaba y repetía con placer las peripecias de una leyenda adornada con numerosos detalles bastante burdos pero que exaltaban el amor conyugal y materno.
Un papiro de la dinastía XIX conserva, en muy mal estado, una versión muy diferente de la leyenda de Osiris. El cuento de La Verdad (Osiris) y su hermano menor Mentira (Seth). La trama de la historia y el carácter de los personajes son muy diferentes de la leyenda prototipo, de modo que este nuevo cuento parece pertenecer a otra fuente literaria, de la que se encuentran ecos evidentes muchos siglos más tarde en un cuento de Las Mil y Una Noches y, quizás, en una anécdota recogida por Plutarco (Vida de Licurgo, 15,10). Durante el Imperio Nuevo la leyenda sigue enriqueciéndose con nuevos elementos. Por aquellos tiempos aparece en el Libro de los Muertos cuatro nuevos miembros de la familia de Osiris, los cuatro hijos de Horus: Imset, Hapy, Duamutef y Kebehsenuf, que eran en el ajuar funerario otros tantos amuletos, o los cuatro vasos canopes que contenían las vísceras del difunto.
Los documentos egipcios presentan siempre una versión incompleta de la leyenda, sólo Plutarco ha dejado un relato íntegro, aunque ciertos elementos se alejan mucho de la fuente primitiva. Plutarco escribió esta obra hacia el año 100 de nuestra era. No se trata de la obra de un estudioso que se interesó por una religión extranjera sino de la de un creyente iniciado en los misterios de la diosa, aunque no renegara en modo alguno de las divinidades de sus antepasados griegos, ni de la metafísica de Platón y Pitágoras. Diversos episodios de su cuento no se encuentran en la leyenda primitiva, y tanto el relato como el abundante comentario que le acompaña reflejan la sensibilidad de los poetas griegos de la época. La obra es un producto típico de la civilización helenística que acogía liberalmente todas las religiones practicadas en los países sometidos al Imperio Romano.
Los dioses egipcios se confundieron entonces con los dioses griegos y el mismo Plutarco recurrió a etimologías tan ingeniosas como falsas para intentar demostrar que los nombres de Isis y de Osiris fueron antiguamente tomados de la lengua griega. Plutarco pensó haber demostrado de este modo que Isis y Osiris no eran divinidades extranjeras. Otros dioses extranjeros, como Yahveh, la Gran Madre de Asia Menor, y Mitra de los persas contaron en todas las provincias del Imperio con un número incalculable de secuaces. El estado vió el peligro de estas religiones y acabaron persiguiéndolas; así los fieles de Isis conocieron las persecuciones, la destrucción de sus templos y la crucifixión de sus sacerdotes, como sucedió a los judíos y un poco más tarde a los cristianos.
El culto de Isis recuperó muy pronto la influencia que había perdido y a partir de Calígula gozó de la protección personal de varios emperadores. Adriano visitó Egipto y cuando su favorito Antinoo se ahogó en las aguas del Nilo, el emperador dispuso que fuera deificado, que se le erigiera un templo en una ciudad fundada en su nombre y que en su honor se celebraran juegos atléticos. Admirada por los filósofos, la nueva fe correspondía también a las aspiraciones de las gentes sencillas, ya que a todos ofrecía la posibilidad de ser acogidos, después de la muerte, en el reino de Osiris donde gozarían de una vida mejor, eternamente protegidos de la injusticia. Mientras esperaban ese momento, los fieles se consolaban rezando en los templos de la diosa que encarnaba la justicia y la bondad, y que defendía incansablemente el orden divino contra los ataques de Tifón (Seth). El culto de las divinidades egipcias propagaba a través del Imperio una doctrina de salvación que anunciaba el combate interminable del bien contra el mal.
El prestigio de Isis era tan grande que acabó absorbiendo a todas las divinidades femeninas, en primer lugar a las de Egipto, y posteriormente a todas las del Imperio. Las diferentes provincias adoraban a los dioses egipcios, desde Africa Septentrional hasta el valle del Danubio, desde Inglaterra hasta el valle del Indus. Pero el triunfo de Isis fue tan efímero como brillante. El cónsul Nicómaco Flaviano ordenó celebrar en Roma, en el año 394, fiestas nacionales en honor de Isis, y ese mismo año vio el triunfo del cristianismo Teodosio: los templos paganos fueron cerrados y los sacrificios prohibidos. En Egipto la situación fue la misma. El paganismo encontró su último refugio en el círculo de los filósofos místicos que se mantuvieron fieles a los dioses del Nilo ya bien entrado el siglo VI. Pero sabían bien que el mundo ya pertenecía en adelante a los cristianos y que muy pronto nadie mostraría interés por la antigua religión, ni por las innumerables inscripciones que celebraban, sobre las paredes de los templos en ruinas, la gloria de los dioses paganos:
Un tiempo vendrá en que parecerá vano que los egipcios hayan servido a la divinidad con piedad en sus corazones y con un culto asiduo ... Los dioses se irán de la tierra, regresarán al cielo y abandonarán Egipto. Este país que fue antaño el domicilio de santas liturgias, ahora es la viuda de sus dioses y no volverá a gozar de su presencia ... Esta tierra sacrosanta, patria de santuarios y de templos, se hallará cubierta de sepulcros y de muertos. ¡Oh Egipto, Egipto, de tus creencias sólo quedarán fábulas que parecerán increíbles a las generaciones futuras, y sólo quedarán palabras grabadas sobre las piedras para relatar tus actos de piedad!.
(Texto griego de Pseudo-Apuleyo, Asclepius, capítulo 24. Los cristianos tradujeron este texto en copto; se ha encontrado un ejemplar de esta traducción entre los papiros de Nag Hammadi).




Artículo: Bustos Ramos, Rosa Mª. 1999

Las vidas de Leonardo da Vinci

No deja de ofrecer titulares nunca porque nunca deja de dar sorpresas, sobre todo porque Leonardo es sus obras, sus inventos, sus visiones perspicaces, su inteligencia luminosa, su prodigiosa modernidad. Pero es, además, sus mitos, sus relatos, las historias que contaron y contamos sobre él, un personaje fabuloso que, como ocurre con laMarylin de Warhol, ha acabado por convertirse un poco en esa obra maestra por excelencia, la Gioconda. La miramos y le vemos a él. No podemos parar de mirarla, tal vez porque al hacerlo contemplamos siglos del mundo, atrapados en la sonrisa de vampira que en el XIX cautivó al historiador del arte inglés Pater, tan próximo a esa pasión decimonónica hacia el maestro que se conoce con el nombre devincismo. Después, volverían a la pintura Duchamp y Dalí, además de las miles de postales cómicas que se imprimieron a primeros del siglo XX, coindiciendo con el robo del cuadro en el Louvre, en 1911. Y regresaría, Warhol, claro, a su manera tan fabulado como Leonardo y por diferentes razones igual de popular: para el pintor americano laGioconda dejaría de ser única y acabaría por convertirse en multiplicada y monocroma. “Dos mejor que una”, decía Warhol.
Ahora, con el fabuloso descubrimiento de “otra Gioconda del Prado” los delirios de Warhol se hacen un poco realidad: las dos Giocondas no son del todo idénticas entre sí, pero tampoco se puede decir que la recién descubierta Gioconda bis sea una copia en el sentido estricto del término, dado que, según han deducido los expertos y gracias a la limpieza que se ha llevado a cabo en el Museo del Prado, el cuadro en principio atribuido a Melzi, el amigo y discípulo de Leonardo, fue pintado al tiempo que la obra del maestro. Lo probarían los pentimenti –arrepentimientos, cambios posteriores- en el óleo final que sólo son detectables con las técnicas actuales de rayos X y que habrían pasado desapercibidos a cualquier copista, a menos que no hubiera seguido la versión original incluso en los cambios posteriores.
Si la fabulosa hipótesis resulta ser cierta –y lo parece, dicen los expertos-, quedaría clara la relación de proximidad de Leonardo con el mencionado Melzi, la idea hasta cierto punto innovadora de dejar que pintara a la vez la réplica del retrato más importante para la carrera del florentino. Esto no sólo cambia el concepto del taller y el modo en que opera en el caso concreto de Leonardo -del cual se repite que no tuvo discípulos-, sino que revisa la propia historia de vida de Leonardo y sus relaciones con Melzi, hacia quien sintió quizás más afecto de lo que se podría pensar a primera vista. El propio Melzi -según Antonio de' Beatis, secretario del Cardenal de Aragón, “un milanés, que él ha educado, pinta excelentemente, y vive con él”- daba cuenta de su gran cariño hacia Leonardo. A la muerte de éste escribía en una carta a los hermanos del artista: "Para mí ha sido el mejor de los padres, por cuya muerte me resulta imposible expresar el dolor que siento... Es terrible para todos perder a un hombre así, puesto que la naturaleza no podrá volver a producir algo semejante".
¿Quién era, al fin, ese Leonardo, descrito como poco amigo de las pasiones y los afectos, tanta veces definido como alguien hosco, alejado del mundo? Quién pudo ser este hombre que escribe al hermanastro con motivo del nacimiento de su hijo unas palabras pavorosas: "Sólo te envío la presente para avisarte que en los días pasados recibí la tuya por la que me enteré de que habías tenido un heredero, cosa de la que pareces alegrarte mucho: (...) debes saber que te has alegrado de haberte creado un enemigo político, que con todo su sudor deseará su libertad, que no será hasta tu muerte". ¿Cambia la proximidad, pictórica incluso, con el discípulo Melzi la idea del Leonardo misántropo, sumido en esa falta de lazos afectivos que recalca Freud en su clásico –y problemático- texto sobre el pintor?
La restauración de la “Gioconda del Prado” no sólo ha resquebrajado el malentendido de Leonardo como un pintor sin discípulos o con discípulos mediocres, sino que ha desbaratado parte del relato del maestro individualista y nada pródigo con sus alumnos. Aunque quizás el maravilloso cuadro que la restauración ha desvelado desde ese fondo negro y barnizado haya dado lugar a otro fabuloso relato más, añadiendo misterios al misterio. Otra sorpresa. Otro titular que, tratándose de Leonardo, seguro que no es el último.
Fuente: Estrella de Diego. El País (02/02/2012)

miércoles, 19 de noviembre de 2008

La Torre Pelli se abre camino y desafía a la Unesco

Europa Press
miércoles, 17 de septiembre de 2008


El plazo de ejecución del edificio es de 42 meses.
La Comisión Ejecutiva de la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Sevilla aprobó en su reunión de hoy conceder licencia de obras a Cajasol para comenzar la construcción de la torre de 178 metros de altura que esta entidad bancaria sevillana proyecta construir en la Isla de la Cartuja.
Las actuaciones para la construcción de la torre, cuyo proyecto es obra del prestigioso arquitecto César Pelli, supondrán una inversión de 130.333.440,20 millones de euros y el plazo de ejecución de las mismas es de 42 meses.
El proyecto de Cajasol se enmarca sobre una parcela de 41.000 metros cuadrados en el sur de la Isla de la Cartuja y comprende una torre de oficinas de alta calidad, un podio dedicado a centro de negocios y una plaza rodeada de locales comerciales y zonas de restauración.
Esta es la noticia y a continuación dejaré dos cuestiones para reflexionar...¿Es responsable la actitud del Ayuntamiento?¿Es "modernidad" avanzar pisoteando los vestigios de nuestro patrimonio?...porque para mi ni es responsable la decisión del Ayuntamiento de Sevilla ni es ético para nuestra historia y nuestros Bienes de Interés Cultural pasar por alto las valoraciones del ICOMOS y de la UNESCO. En sí mismo, el que se realicen obras arquitectóticas innovadoras en Sevilla me parece acertado para dar otra clase de enfoque a la ciudad pero me parece que el sitio elegido no es el adecuado pues rompe el paisaje natural y está demasiado cerca del casco histórico. Algunos dirán que esto ya sucedió con los puentes del Alamillo o de la Barqueta pero según mi percepción no es equiparable al impacto que este rascacielos produciría en el entorno visual. Por eso yo lo ubicaría en otra zona más alejada o no lo realizaría, simplemente. Sevilla si quiere edificios modernos y de última tendencia puede desarrollar estructuras aun más innovadoras que un rascacielos, ya que estos se hacen desde hace más de 100 años, y que no dañen a la Sevilla histórica.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Desmesura

Trazos que se repiten...una vez más, sólo sé amarte.
Palabras ya utilizadas...aun te amo más.
Pero ya usé todas las palabras de admiración que podía dedicarte y me preocupa no encontrar más léxico, así que tendré que repetir mis trazos.Pues mis versos sólo llegan a ti...nacen, crecen y mueren en tí.
Mi destino ,siempre regido por los latidos de mi corazón, ahora debe acompasarse a tus latidos rápidos, veloces, ávidos, llenos de fuerza.Tus latidos, capaces de dar vida a más de un cuerpo.

Aqui quedan plasmadas mis ideas y mi alma.Aquí dejo perpetuarse mi vida. Rememoro tus caricias que aún me prodigas.Soy esclava de tus pensamientos, y hoy me toca llorar tu ausencia.
Hemos viajado juntos por las emociones y los sentimientos, por senderos oscuros y de plata.Hemos recorrido lugares y los hemos contemplado juntos desde el mismo mirador...Y , esta noche, dedico mi dilatado tiempo a escribirte y recordarte...esta noche, triste y alegre,te tengo lejos y no puedo sentirte. Empero, recordándote, pensando en lo que tengo..debo sonreir.Porque la felicidad no siempre se presenta de la forma deseada y hay que sufrir hasta hacerla totalmente como quieres... y ,aun así,nunca será eterna.