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domingo, 10 de octubre de 2010

EDVARD MUNCH (1863-1944)

E. Munch, Madonna, 1893-1894, óleo sobre lienzo, 90 x 68´5 cm, Munch Museet, Oslo.


  Se le ha llamado "El expresionista dionisíaco", en él la expresión surge con espontaneidad y como resultado de su vida atormentada. Su obra más fructífera se circunscribe en torno a los años 1890-1908. Posteriormente tuvo que ser ingresado por crisis nerviosas, siguió pintando, aunque desconectado de corrientes renovadoras. Munch mostró predilección por el tema de la figura humana. El paisaje es vehículo para expresar angustias humanas.
E. Munch, Beso 1897, óleo sobre lienzo, 99 x 80´5 cm, Munch Museet, Oslo.

A Munch le preocupa el tema de las relaciones humanas, tiene una visión negativa de la experiencia vital, de la indefensión humana, de la pequeñez, soledad humana. El sexo es otro tema que le provoca una visión negativa. Vive angustiado, tiene problemas psíquicos... su universo es la angustia vital; también la impotencia del ser humano ante la muerte. Todos estos sentimientos son los que vuelca en su pintura. 
E. Munch, El grito, 1893, ceras, pastel y témpera sobre papel cartón, 83´5 x 66 cm, Munch Museet, Oslo.

lunes, 12 de julio de 2010

Monje junto al mar (1808-10), Friedrich

Óleo sobre lienzo, 110x171, 5 cm

Berlín, Palacio de Charlotenburg

Esta obra de Caspar David Friedrich nos muestra un paisaje solitario y majestuoso. La composición nos refiere aun punto de vista novedoso, pues desde un acantilado un pequeño punto acapara el interés. La figura de un monje ocupa sólo un uno por ciento de la superficie pero es el lugar desde donde se aprecia todo el paisaje desolador y abrumador. El mar inmenso y el cielo encapotado están realizados en tres capas de color, esta característica de las superficies representadas la hacen una obra fuera de lo corriente y que encuentra sus consecuentes diez años después en un cuadro de similar temática, “El Perro” de Goya, donde, al igual que en el cuadro de Friedrich la cabeza del perro ocupa la mínima superficie de la totalidad del cuadro.

La composición es sencilla y horizontal y todos los puntos convergen en uno central y situado en la parte inferior del cuadro; la figura del monje. Desde ahí la mirada se dirige al resto del cuadro y se contempla el paisaje abrumador. Friedrich, de esta manera, sitúa al espectador en la piel del monje y lo involucra en la escena.

Emplea la técnica al óleo sobre lienzo lo que confiere carácter a la pincelada y la hace fuerte y profunda destacando el uso de una paleta de colores escasa, en la que sobresalen el uso de los tonos tierra en primer plano, los azules y violetas mezclados con negro en el resto de la composición.

El monje se encuentra frente al mar; ante él la inmensidad del cielo y el mar nos muestra lo sublime de su grandeza y extensión casi infinita. El paisaje abruma a la pequeña figura que lo contempla. Solo vemos agua, cielo, tierra. Posiblemente al monje, ante tal inmensidad, se le presenta la duda de si no será absurdo buscar algún sentido a la vida. Se siente expuesto ante una naturaleza desmesurada que le supera, que supera al ser humano y su supuesta superioridad.

En esta escena, Friedrich nos suma al sentimiento del romanticismo que eleva a la naturaleza al estatus de lo supremo y hace que el hombre sea un pequeño ser indefenso entre tanta grandeza. El monje siente la desesperanza y la duda, y de este modo el pintor se adelanta a la evolución artística de su época. Sus obras no son imágenes de la naturaleza sino de un sentimiento metafísico. El primer plano y el fondo, separados por el abismo se relacionan entre sí. Lo que nos remite a Dios entre el hombre y la naturaleza.

Rompe con el academicismo imperante y con las normas mesurables del neoclasicismo y se adentra en la incertidumbre del sentir romántico que no busca lo bello sino lo sublime.

Aunque, a parte de este sentir vemos además una alegoría política. Friedrich en esta época refleja su sentimiento patriótico antinapoleónico y el desencanto con la posterior restauración en sus obras y esta es una de ellas. Por esa razón el rey prusiano la adquirió junto a “Abadía en el robledal” en 1810.

Caspar David Friedrich fue el representante de la pintura romántica alemana destacando con sus paisajes desde un primer momento. Perteneció a las primeras huestes de artistas libres que pintaban por sí mismos para un mercado libre de galerías de arte que difundían sus obras y no por encargo. Esto hizo posible su total libertad plástica en sus temas y composiciones. Como precedente podemos señalar a Durero sin embargo Friedrich se inspira en paisajes reales que conoció, lo que dotó a su obra de un profundo realismo.

Su obra fue muy valorada en su época aunque en la segunda mitad del siglo XIX el público fue olvidando su obra. Hacia 1860 fue redescubierto por los pintores simbolistas en sus paisajes visionarios y alegóricos. Y hoy en día es uno de los artistas más renombrados del romanticismo decimonónico.

martes, 11 de noviembre de 2008

Gustav Klimt- Dánae

Gustave Klimt
1907-08
óleo sobre lienzo
77x83 cm
Colección particular, Graz(Austria)


Esta obra recrea el mito de Dánae, la joven ninfa a la que Zeus fecundó disfrazado de lluvia dorada y que ha sido inspiración de muchosotros pintores clásicos, como Corregio, Tintoretto, Rembrandt y Tiziano.
Sin embargo Klimt planteó una composición de la escena mitológica completamente novedosa. Eliminó los elementos supérfluos de la iconografía clásica: la sirvienta, el perrito y el tálamo. Libre de anécdotas, concentró toda la atención en el momento de la fecundación, transformándoo en una descripción del éxtasis orgásmico.
Ocupando un primer plano dispuso el cuerpo desnudo de la ninfa en una postura fetal, un planteamiento innovador en la iconografía de este tema. Encajonada por los márgenes de la propia tela, envuelta por gasas, velos negros con estampaciones doradas y un halo que contornea su cabeza, el espacio que la rodea alude al claustrofóbico seno maternal. Recogida sobre sí misma, Dánae recibe la lluvia dorada entre sus muslos.
Su rostro, suyas facciones corresponden con la imagen de la mujer fatal, está deformada por el placer. Los ojos cerrados, las mejillas ruborizadas, la boca entreabierta, la pelirroja cabellera suelta y los dedos crispados de la mano derecha describen un orgasmo. La posición de la mano izquierda, entre las piernas, apunta a que el motivo de la satisfacción es una masturbación.
La escena tiene algo de paradójico, puesto que si Zeus se disfrazó de lluvia dorada para inseminar a Dánae, Klimt disfrazó la autosatisfacción de la joven con el torrente seminal de Zeus.
El predominio de las formas redondeadas subraya el erotismo que se desprende de la propia imagen. La sensualidad es notable en el velo que aprisiona los tobillos de la joven y en los anillos dorados estampados sobre el velo que acaricia su cuerpo. Las formas redondeadas también integran el flujo seminal de Zeus, cuya vitalidad es destacada por la diseminación de círculos blancos y dorados y pequeños puntos rojos.
Al final del torrente se aprecia un pequeño rectángulo vertical negro. Para algunos especialistas, esta figura geométrica corresponde al principio masculino según el vocabulario simbolista de Gustav Klimt.

Klimt profundizó en el simbolismo alegórico, sensual, ensoñador y decorativo e interpretó de forma muy personal los hallazgos de las vanguardias europeas.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Sea quien fuere en realidad el autor de la Victoria de Samotracia, lo cierto, sin lugar a dudas, es que en ella contemplamos una de las cumbres de la plástica griega. Debió de ser donada por los rodios al santuario de Samotracia a raíz de la victoria naval que obtuvieron en Side frente a Antíoco III de Siria (190 a. C.), y que les supuso, además del control de amplias comarcas en Caria y Licia, la alianza de numerosas ciudades e islas próximas. La obra estuvo al nivel del acontecimiento que conmemoraba: la estructura ondulante, ascendente, de la figura; sus finísimas telas pegadas por el viento al cuerpo, creando un efecto que supera incluso en fuerza y realismo los pliegues mojados de Fidias o Timoteo; la vibración del aire marino que se siente en toda la superficie, creando remolinos y sacudiendo las propias plumas de las alas, todo ello se completaba, para acrecentar aún más el efecto teatral de la obra, con un entorno ambientador: colocada sobre su nave, la figura aparecía en un templete, como metida en una hornacina y destacando sobre un fondo oscuro; y delante de ella, al pie de la proa, se abría un estanque del que surgían rocas y por el que corrían cascadas de agua. Magnífica fusión de escultura y naturaleza que difícilmente hallaremos en el arte griego anterior, y que nadie sabrá explotar después mejor que los propios rodios.
Imagen y texto de arteHistoria.