La atención que suscitan estos objetos inquietantes, por una parte, busca enriquecer el ámbito de la experiencia estética con circunstancias nuevas, y, por otra, deja ver un renovado interés por el sentir en sí y una voluntad de trascender los límites de la sensibilidad, abriendo horizontes desconocidos a la experiencia de lo bello para llegar más allá.
Lo sublime, en este sentido, invita a la transgresión. Y precisamente esta voluntad de transgresión, que se deja ver en el gusto correspondiente, tendrá una importancia enorme en el trazado de nuevos caminos para la expresión artística.
La cuestión planteada por lo sublime, sin embargo, no es el horror y su inconmesurabilidad en el objeto, sino, como en las maravillosas novelas de H.P. Lovecraft, su presencia abrumadora, o, en su caso, la sensación misma que estas determinaciones reciben en el sujeto.
El reconocimiento de que hay una forma de experiencia sensible que ya no procura ni satisfacción ni sosiego y que, por otro lado, no se limita a reproducir o a celebrar la belleza del mundo, pero que, sin embargo, puede ser causa de placer, incluso de un placer que produce exaltación y arrobo, tendría un efecto decisivo para el futuro del arte en la época moderna. En alguna medida, la atención sobre lo sublime responde al giro hacia el subjetivismo que caracteriza a la modernidad. Ahora cobra valor no sólo la sensación en sí y no tanto el objeto, lo que lleva a pensar que en el arte importa más la voluntad expresiva, el genio, o la sensibilidad del artista y lo que ésta procura independientemente de su voluntad de mimetización. Con la renovada atención hacia lo sublime el arte se reconduce en la dirección de dejar de ser una actividad técnico-mecánica para convertirse en un acontecimiento existencial.
Detrás de la experiencia de lo sublime se canalizan, además, un tipo de atención diferente a la naturaleza y los nuevos gustos exóticos, que, a su ves, servirán para nutrir y enriquecer el gusto de nuestra época, que goza con su propia heterogeneidad. El hallazgo de formas nuevas y , nunca mejor dicho, inarmónicas está detrás de la música atonal y la prodigiosa elaboración del ritmo en formas musicales sincréticas como el jazz. Pero sobre todo se observa en esa definitiva integración del ruido y la disonancia que se encuentra en el rock, probablemente, junto con el cine, el arte por antonomasia de esta segunda mitad del siglo xx.
Extraído de Lynch, Enrique,"Sobre la belleza", Madrid, 1999.
parece que a nadie le interesa la estética...:-(
ResponderEliminar