martes, 28 de octubre de 2008

Lo Bello y Lo Sublime

Durante siglos se pensó que la belleza era una cualidad excepcional del objeto, pero esta explicación, que planteaba muchos problemas teóricos, empieza a resultar insostenible a medida que se afirma la idea de que la belleza es ante todo una sensación subjetiva.
De pronto, tras el minucioso examen de las facultades racionales emprendido por varias generaciones de racionalistas(Descartes, Hobbes, Locke y muchos otros) se descubría que la sensación de belleza no era la única experiencia sensible que podía trasladarse al campo de lo inteligible. Había una manera de sentir, en una dimensión intelectual o racional, que no se atenía a las normas o los criterios de belleza. O, lo que vendría a ser lo mismo, había una manera de ser bello que, por paradójico que parezca, nada tenía que ver con la belleza. Esta nueva manera de sentir encontró un nombre: lo sublime.

¿Qué era lo sublime?¿Una sensación que nombraba estados de conciencia y de sensibilidad que no podían ser encuadrados según el modelo de la belleza?
¿Qué objetos podían suscitar la sensación de algo sublime?Lo inconmesurable, lo desproporcionado, por colosal o por inabarcable, lo infinito, lo que no tenía forma o contorno, es decir, todo aquello que por su propia naturaleza no podía ser reducido a una forma armónica, medida en proporción, y ser condenado así como feo o repugnante. Algunas representaciones típicas de la época que, de pronto, presentan un extravagante gusto por las catástrofes(maremotos, temblores o las escenas de terribles naufragios y borrascas pintadas por Turner) o una inclinación morbosa por los temas más sugestivos de la mitología clásica. En todos los casos, se muestra en la representación un interés inusitado por algo que no puede reducirse a la condición atinada, equilibrada y serena de la belleza.

La atención que suscitan estos objetos inquietantes, por una parte, busca enriquecer el ámbito de la experiencia estética con circunstancias nuevas, y, por otra, deja ver un renovado interés por el sentir en sí y una voluntad de trascender los límites de la sensibilidad, abriendo horizontes desconocidos a la experiencia de lo bello para llegar más allá.

Lo sublime, en este sentido, invita a la transgresión. Y precisamente esta voluntad de transgresión, que se deja ver en el gusto correspondiente, tendrá una importancia enorme en el trazado de nuevos caminos para la expresión artística.

La cuestión planteada por lo sublime, sin embargo, no es el horror y su inconmesurabilidad en el objeto, sino, como en las maravillosas novelas de H.P. Lovecraft, su presencia abrumadora, o, en su caso, la sensación misma que estas determinaciones reciben en el sujeto.

El reconocimiento de que hay una forma de experiencia sensible que ya no procura ni satisfacción ni sosiego y que, por otro lado, no se limita a reproducir o a celebrar la belleza del mundo, pero que, sin embargo, puede ser causa de placer, incluso de un placer que produce exaltación y arrobo, tendría un efecto decisivo para el futuro del arte en la época moderna. En alguna medida, la atención sobre lo sublime responde al giro hacia el subjetivismo que caracteriza a la modernidad. Ahora cobra valor no sólo la sensación en sí y no tanto el objeto, lo que lleva a pensar que en el arte importa más la voluntad expresiva, el genio, o la sensibilidad del artista y lo que ésta procura independientemente de su voluntad de mimetización. Con la renovada atención hacia lo sublime el arte se reconduce en la dirección de dejar de ser una actividad técnico-mecánica para convertirse en un acontecimiento existencial.

Detrás de la experiencia de lo sublime se canalizan, además, un tipo de atención diferente a la naturaleza y los nuevos gustos exóticos, que, a su ves, servirán para nutrir y enriquecer el gusto de nuestra época, que goza con su propia heterogeneidad. El hallazgo de formas nuevas y , nunca mejor dicho, inarmónicas está detrás de la música atonal y la prodigiosa elaboración del ritmo en formas musicales sincréticas como el jazz. Pero sobre todo se observa en esa definitiva integración del ruido y la disonancia que se encuentra en el rock, probablemente, junto con el cine, el arte por antonomasia de esta segunda mitad del siglo xx.

Extraído de Lynch, Enrique,"Sobre la belleza", Madrid, 1999.







1 comentario: